miércoles, 29 de marzo de 2017

A su debido tiempo

Soñadora, delgada, inquieta, inteligente. 
Gestos seguros, cadenciosos,
cuerpo atrevido. cálido, impaciente.
Siempre hay algo que está por llegar,
decías.
No hace falta atraparlo antes de hora,
decía yo.
En la vida hay muchas cosas
que solo estimamos si llegan a su debido tiempo,
coincidimos.
Éramos jóvenes y combatíamos nuestra perplejidad
con el ejercicio de un agradable día a día,
de trabajo y placer.
Aquella noche, en el pequeño restaurante japonés
del Soho londinense
hablamos de comida portuguesa
Fueron los portugueses
quienes introdujeron la tempura en el Japón.
Pedimos vinho verde entonces,  sushi de atún rojo
y sushi de erizo de mar.
Seguimos conversando,
bebiendo, comiendo, rozándonos,
mirándonos,
mirándonos hasta que tu mirada se iba lejos,
lejos,
volviéndonos a mirar cuando regresaba de lejos…
Fue después del segundo trago de sake,
al final de la cena,
cuando empezaste a hablarme de la muerte.
de cómo te imaginabas tu propia muerte:
entrando en el mar lentamente, desnudándote,
y bebiendo sake caliente.
Te imaginé entonces, ya desnuda,
con su cuerpo delicado y armonioso
penetrando sin pausa en unas aguas oscuras.
Y me imaginé como espectador
pero también como tu acompañante,
como un amigo que te da la mano.
Aunque yo no quería morir todavía.
Y puestos a hacerlo así preferiría.
te advertí,
que experimentáramos la muerte
en el Mediterráneo,
más templado que los mares británicos.
No hiciste ningún caso a mis palabras.
Seguramente querías, en tu ensueño,
morir sola.
Y si con una mano tenías que ir quitándote la ropa
y en la otra sostenías la taza de sake,
no había posibilidad de tomar la mía.
La muerte es individual.
Y salvo en casos de sufrimiento extremo
no conviene anticiparla.
Uno muere solo, porque el que te da la mano,
por lo general, se queda.
Tú te vas. Yo no.
No sé hasta dónde te hubiera acompañado.
Seguramente hasta que la penumbra
me arrebatara tu figura de la vista.
Me sonreíste.
Querías morir sola pero agradecías
mi solidaridad.
En el agua
tu cuerpo junto al mío se mantendría caliente
por poco tiempo,
no como en aquel momento,
sentados a la mesa del restaurante,
Casi pegados tu muslo y mi muslo
y mi brazo tocando tu brazo de piel tersa, blanca, dulce,
mirando ambos al frente como si hubiera un mar.
Bebiendo sake
-More hot sake, please.
Hay cosas que hay que dejar que lleguen a su debido tiempo,
repetíamos.
Como siempre hay tantas cosas que están por llegar
no hace falta esforzarse en atraparlas enseguida al verlas.
Tomamos más sake.
Tus facciones, vueltas hacia mi, se apaciguaron.
Tu mirada se llenó de ternura.
Yo sonreí otra vez.
Acabábamos de aplazar la muerte por una buena temporada.

A su debido tiempo llegará.

sábado, 25 de marzo de 2017

Palomitas de maíz

Tuve una amante, novia, esposa,
que gustaba de ir al cine a comer palomitas.
Casi nunca me imponía la película a ver,
pero sí las palomitas, que hacía crujir
entre sus hermosos dientes
que lucía al girarse hacía mí
sonriéndome, no sé si por cariño
o para exhibir el placer que le causaba 
verme obligado a aceptar esas cositas suyas.
Era una muchacha esbelta y bella
que cuidaba su figura y, para ello,
su alimentación:
poca sal y poco azúcar.
Pero en el cine se sentía precisada
de tener en el regazo un envase de palomitas
y a veces, al lado, una bebida de soda.
Le daba lo mismo que acabáramos de salir
de un restaurante.
Nada más entrar al recinto del cine
se iba a la barra en que expendían las golosinas
y pedía palomitas,
--Deme el tamaño grande.
Y se giraba hacia mí.
--Son cinco euros, churri. ¿Tú no quieres?
--No, acabamos de comer.

También tuve otra novia
que pedía palomitas en el cine
y a veces la merienda y todo.
Pero ella, además, escogía las películas
y le gustaban las de acción
y gozaba viéndolas en esos cines de butacas anchísimas
para repantigarse o hasta sentarse en posición de loto.
Ahí, con los filmes de sonora acción
(la secuela de ‘Matrix’ la vimos cuatro veces,
aunque yo nunca acabé de entenderla)
apenas se escuchaba el crujir de las palomitas
y he de reconocer que yo también comía,
porque íbamos a la segunda sesión,
esa que echan a la hora del aperitivo vespertino.

Creo que lo de las palomitas es un vicio,
a veces divertido, como hacerlas en casa en la sartén.
Y en el cine, cuando las películas son incoherentes,
ayudan a pasar el rato. Con esa sal, 
a la salida apetece más tomarse una copa de cava.

El otro día fui al cine con una amiga que me dijo
Vamos al Comedia, nos cae cerca
y allí no hay palomitas,
no tendremos que soportar crujidos ni sorbetones
y podremos escuchar mejor la película.
Me pareció estupenda la propuesta de mi amiga encantadora.
Fuimos y disfrutamos de la película.
Había poca gente y era respetuosa, con los móviles mudos,
como debe ser.

Lo malo fue que al día siguiente leímos que ese cine
cerrará a fin de año.

Los tiempos cambian, es natural, 
pero alguien en esta ciudad debería elaborar
una lista de cines donde no se comieran
demasiadas palomitas.
Tendré que seguir recurriendo a mi adorable amiga.
Cuando salimos del cine el otro día
también nos fuimos a tomar una copa de cava
que nos supo muy bien,
mejor que si hubiéramos masticado palomitas.

martes, 21 de marzo de 2017

Ataraxia

Hay horas de pausa,
horas neutrales,
horas para apreciar
los lentos movimientos de las sombras.

Los árboles, las casas, las personas
a la luz exigua de un cuarto de luna,
proponen cierto alivio de la vida codiciosa,
de la vida que trata de acabar con su ansiedad
o tal vez consigo misma
cuanto antes.

Hay horas sin objetivos,
horas para recuperar la armonía,
para vivir,
para pensar, imaginar, crear…
como los sabios,
como algunos poetas y músicos,
como la gente que ya es feliz.

lunes, 20 de marzo de 2017

Tu boca sabe a lluvia

Hacía frío ayer,
como tantas tardes este invierno.

Mientras mirabas mis labios
las plantas y los árboles querían escondernos,
cobijarnos con sus verdes rebeldes.

En tu boca no había invierno
y esta mañana  al abrir la ventana
he visto algunas flores.

Por la radio han dicho que ha llegado la primavera.
Tu boca sabe a lluvia.

viernes, 17 de marzo de 2017

Tus facciones

Era hermosa tu cara y ajenos tus ojos
Tu pensamiento estaba atrapado en un problema
que no sabías cómo resolver
y te echaste a cavilar sobre otras cosas,
cosas extrañas al problema y a ti misma.

Tus facciones sin mirada, pese a todo,
seguían siendo hermosas.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Midges

Aquella mañana perezosa
tras subir la persiana y descorrer los visillos
vimos densas nubes de temibles midges
enseñoreadas del aire exterior.

Salir a pasear alrededor de la casa
o adentrarnos en el bosque,
camino del lago,
como habíamos planeado,
hubiera sido una imprudencia.

Desayunamos. Porridge, huevos fritos,
tomate, pan tostado, oscuro té, 
y reímos:
No tenemos trajes de apicultor para salir.
Podríamos volver a la cama,
al fin y al cabo hemos dormido poco.

Y volvimos a la cama, pero no dormimos.

¡Qué hermosa te veías unos meses después,
embarazada!
Los midges, desde entonces,
me producen todavía más respeto.


*Midges: minúsculos mosquitos que vuelan en bandadas de cientos de miles y cuya picadura es muy urticante y duradera. Son inevitables en la primavera y el verano escoceses.

domingo, 12 de marzo de 2017

Ya se huele el azahar

Ya se huele el azahar y aun no es primavera,
ya despiertan los sentidos tras el frío. 

Debemos calzarnos las zapatillas
y salir a pasear con nuestros sueños,
envueltos en aromas y en silencio,
dejando que el sol tibio de la tarde
que realza el verde de las hojas
y la albura de las pequeñas flores,
acaricie tus mejillas, mis mejillas…
Mejillas que juntan su luz
cuando tras unos pasos
nos unimos en un suave abrazo
entre efluvios de azahares que señalan
la llegada pronta de la primavera.

viernes, 10 de marzo de 2017

Yo que nunca fui mío

Yo que nunca fui mío ni de nadie
quise ser tuyo,
pero tú no me tomaste
pues comprendiste que a la entrega
se responde con entrega
y tú no querías ser de un hombre
que no era suyo, que aun no era suyo.

Así seguimos:
tú que tratas de ser tuya, solo tuya,
mientras yo sin ti
no puedo ser mío.

jueves, 9 de marzo de 2017

La soledad del perro

Hay un perro triste en el vecindario,
Un perro que gime.
Tal vez le asusta la soledad en la noche.
Tal vez tiene hambre.
Otros perros, a lo lejos,
le contestan con ladridos desganados.
No sienten su pena.
.
El perro del vecindario vuelve a gemir.
No es capaz de ladrar bajo las nubes sombrías.
Está muy solo

La soledad del perro me conmueve.
La mía empieza a dolerme.
Hay noches en que uno no quiere estar solo,
no quiere ser un perro triste
como ese que gime y gime
porque lo único que le importa en el mundo:
su dueño, no está.

Pero no te hagas ilusiones. No te echo de menos.
Tu ausencia es una bendición.
Aunque es cierto que me hace falta algo, alguien…
alguien que no eres tú.

Ahora podría acariciar la cabeza del perro del vecino
para aliviar su desazón, para que no gimiera,
para hacerle entender que no está solo en el mundo.
Así yo también dejaría de sentir esa inesperada soledad,
la soledad del perro.

lunes, 6 de marzo de 2017

Malquerencia

Todo lo que ahora nos une,
deseo, esperanza, goce,
se convertirá en profunda malquerencia.
Esas raíces nuestras
que buscaban sitio, su sitio
en una tierra seca, inhabitable,
se han abrazado sedientas
tras encontrarse y experimentar placer,
sorpresa
y, al fin, miedo.
.
Nuestras pasiones
se necesitan todavía.
Necesitan sostenerse en algo más
que en una tierra triste

Temen a la soledad,
a la inútil soledad de los baldíos.
y se aferran unas a otras.
Se estrangulan casi.
Se hacen daño.
Empiezan a odiarse.

Algún día llegará el olvido,
pero será después de un doloroso viaje
en los vagones del resentimiento.
Lo sabemos. Lo sabemos.
Pero ahora nos necesitamos.

El odio, al fin y al cabo,
también es una gran pasión.

viernes, 3 de marzo de 2017

Espejismo

Las nubes descansan sobre los rascacielos. 

Lentamente oscurece. 

Muchas ventanas se encienden.

Las farolas, abajo, también.


En el crepúsculo urbano

entre los edificios sombríos, 

irrumpe un espejismo. 

Tú.

 

Siempre fuiste un espejismo.

Como ahora.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Insomnio en Brest

Era tarde en Brest cuando nos echamos a dormir.
Al poco rato, por las rendijas de las ventanas
de aquella vieja casa bretona junto al puerto
se filtraba una luz cada vez más tibia.
Amanecía  y las gaviotas hacían sentir sus estridentes graznidos.

Ella dormía, quieta, casi inmóvil, a mi lado.
En otras horas insomnes en otros lugares
yo hubiera escuchado su respiración, suave y acompasada,
dejando pasar así el momentáneo desvelo.
Pero en Brest, al amanecer, las gaviotas son muy escandalosas
y no permiten oír nada más que sus malditos graznidos.

Tal vez están llegando algunos pesqueros
y las aves revolotean ávidas sobre ellos.
Al descargar la pesca siempre cae algo
y la más agresiva y rápida atrapará ese pez muerto.

¿Podríamos elaborar un silencio y envolvernos en él?
No lo sé. Pero hay quien duerme pese al ruido,
incluso plácidamente.
Yo no. Yo maldeciré gaviotas. Hay cientos ahí fuera.
Y, aunque no pueda gozarlo, imaginaré un silencio
y descansaré lo que pueda hasta la hora del café.

A mediodía nos espera un buey de mar y una botella de sidra.
Soñaré ahora con una siesta… ah,
una siesta con prólogo amoroso.
Tras el acto de amor, la insomne será ella
y sé que, como yo ahora, maldecirá los graznidos de las gaviotas
cuando intente dormir.
Y yo estaré demasiado relajado y soñoliento para escuchar
esas cosas que le gusta contarme después de hacer el amor.
Ahora cerraré los ojos y aspiraré un imaginario aroma de café.