lunes, 16 de octubre de 2017

El desorden vital

Cuando se aproxima, otoño tras otoño, al día en que celebramos a los muertos, el de Todos los Santos, echas la vista atrás y te das cuenta de que casi siempre has bebido vino de la misma bodega, de que te has acostado con la misma mujer casi todas las noches, de que has creído en un único dios y de que has sido ciudadano de un solo país.

Tratas de figurarte, entonces, que tienes 25 años,  que cambias a menudo de vino, que eres infiel, que apostatas y que te largas a otra parte, sin rumbo. Cavilas que si hubieras hecho todo eso hubieras sido feliz.  Pero en realidad, a los 25,  te aficionaste a un solo vino, te echaste una novia con la que, al poco, te desposaste, dejaste las prácticas religiosas pero sin descreer del llamado dios y tus viajes fueron solo turísticos, rebañegos. Y así has pasado otros 25 años.


Cuando se aproxima, cada otoño, el Día de Todos los Santos, te das cuenta de que aun tienes que empezar a vivir de verdad. Necesitas degustar el caos antes de que sea demasiado tarde… pero qué tremenda flojera te entra cuando lo imaginas. Tal vez… tal vez cuando llegue la primavera.


El caos promete vida y aventura, pero hay que tener arrestos para adentrarse en él.

viernes, 13 de octubre de 2017

Espejismo

Las nubes descansan sobre los rascacielos. 

Lentamente oscurece. 

Muchas ventanas se iluminan.

Las farolas, abajo, también.


En el crepúsculo urbano

entre los edificios sombríos, 

irrumpe un espejismo: 

tú.

 

Siempre fuiste un espejismo.

Como ahora.

miércoles, 11 de octubre de 2017

96




¿Recuerdas, querida, aquellas tardes de verano?
Las pasábamos juntos, nos mirábamos a los ojos, de cerca o a media distancia.
Tomábamos té caliente para combatir el calor.
Después nos echábamos en la cama y nos abrazábamos hasta sudar el té.
Otras veces templábamos o nos recostábamos el uno en el otro. Cambiábamos las posturas… era muy agradable.

No he vivido momentos más dulces en toda mi vida como los que compartí contigo en aquellas tardes de verano del 96 en que mi cabeza descansaba a ratos sobre la almohadita velluda de tu pubis. Suave.
Pero ha pasado el tiempo y ahora ya no es lo mismo. Te afeitas… y tu pubis pincha.

                                                                                                                           
                                                                                                                 Jordi Rueda                                                                                     

martes, 10 de octubre de 2017

Me gustabas mucho más entonces

Me gusta esa muchacha esbelta.
Se ha sentado a mi mesa, en la terraza.
y ha encendido un cigarrillo.
Me deleito en sus gestos
y me admira, como siempre,
su elegante modo de cruzar las piernas.

Pero me gustaba mucho más antaño,
cuando no había móviles,
porque ahora no hay manera, no hay manera,
de encontrarle una mirada.

Está atenta a la pantalla,
encorvada sobre su luz artificiosa
cuando escribe,
su torso ya no es grácil
No parece airosa como entonces.

Hace un rato que quiero ver las niñas se sus ojos
y mirarla sonriendo para que le brillen,
como en tiempos.
Pero ella sigue atenta a la pantalla,
atenta a la pantalla,
Cada vez más encorvada.

Me gustaba más aquella muchacha que fumaba
cuando no había móviles
y podíamos cruzar miradas, sonreírnos
y hasta puede que tomar otro café,
o dos más,
charlando.

Así nos conocimos una tarde.
Sus ojos reían en los míos
y mis ojos reían en los suyos.
Nos hicimos aliados entre risas,
y muy buenos amigos.

Pero ahora se ha echado un amante
que no la hace reír apenas,
que ilumina malamente sus facciones,
robándole belleza.

Es triste ver a una mujer garbosa así, 
encorvada sobre un amante que no la hace reír.

Me gustabas mucho más entonces.

Jordi Rueda

sábado, 7 de octubre de 2017

Volveremos a vernos

En tu mirada de miel
hay dos soles pequeños, 
cada vez más pequeños,
Son compañeros del ocaso
pero aún despiden
pequeñísimos destellos de luz finita.
Poco a poco, empero,
se visten de penumbra,
y ocultan su dulzura.

Tus ojos se convierten en ausencia,
los míos en olvido.

No estamos hechos, ahora,
el uno para el otro.

Quizá una noche,
vacíos de recuerdos,
con un poco de neón en las pupilas,
volveremos a encontrar el deseo que nos debemos
en ti o en mi, en él o en ella.

En algún rincón de los ojos
de personas sin pasado,
como nosotros,
volveremos a vernos.

jueves, 5 de octubre de 2017

Com els grans de mangrana


Portes un vestit del color dels grans de mangrana. 
És un vestit ajustat, de coll rodó, 
tancat, de màniga llarga, de cotó.

El teu vestit del color dels grans vius de mangrana
llueix discretíssims fils d'or,
com aquelles jaquetes toreres de gala,
i defineix els perfils del teu cos
que té, quan es mou, sensual elegància.


El teu vestit és lluent i tu et llueixes amb plaer.

Els mínims fils d'or del teu vestit
posen brins de vida al teu cos de dona
com els pinyolets blancs i grocs dels grans de mangrana
que posen, humits, desig a la boca.

El teu vestit grana és sent orgullós vestint el teu cos
i de fer imaginar la bellesa rosada que amaga.

Et miro i tinc set
com quan miro els grans humits de la mangrana
la vida
i veig els teus ulls que tenen espurnes de plata
si veus com jo miro els fils d'or
que tremolen com si tremolés el teu cos.

El teu cos no tremola, tremola el teu cor
i el batec fa brillar a la llum els fils d'or del vestit.

A poc a poc 
amb els ulls plens de plata brillant
descordes la meva camisa.
Jo baixo la cremallera del teu vestit
que ja he perdut de vista
perquè els meus ulls són ara un mar dolç que neda als teus ulls.

El teu vestit ha quedat plegat al cul de la cadira i la meva camisa,
la meva camisa, no sé on para.
El teu cos ja és de seda i la carn és rosada,
la carn teva i la meva.

Abraça'm. Som persones felices i nues.
Menjarem la mangrana i començarà el misteri de la unió consumada.

Jordi Rueda

martes, 3 de octubre de 2017

Andar. Mirar. Saber. Gozar. Pasar.

Andar. Mirar. Ver. Conocer. Saber. Pasar.
                      Gozar.
Ver. Conocer. Saber. Gozar 
                     ¿Pasar?
Ver
Conocer
Saber
Gozar
Pasar
Olvidar.

Ver. Mirar. Imaginar. Parar. Seguir.

Recordar
Mirar
¿Gozar?
Seguir
Andar
Parar
Descansar. Soñar.

Ir ¿Ir?
Andar
Morir ¿Morir?
Morir.

Nacer. Andar. Mirar. Ver. Conocer. ¿Comprender?
                       Saber.
Andar. Mirar. Cantar. Aprender.
                       Decir.
Callar. Andar. Mirar. Ver. Sorprenderse. Sonreír. Parar. Seguir. Morir. Nacer.
                           
                       Vivir.
                       Decir.

                     Jordi Rueda

lunes, 2 de octubre de 2017

Escúchate

Es


cha
me
¡Es
cha
te!
Siénte
te
Aprén
de 
te 
¡víve
te!
¡Vive!
¡Vive!
¡Vive!

Jordi Rueda

viernes, 29 de septiembre de 2017

La carta

En este retirado hotel de estilo clásico,
confortable,
sin más ornatos que los necesarios
para evitar la angustia de los que temen al vacío,
he tomado una cuartilla de la mesa de mi cuarto
para pensar y expresar algún mensaje.
Después escogeré el destinatario.

Tras un rato pensativo,
he doblado la cuartilla.

Ahora la pondré en un sobre del hotel
donde escribiré mi nombre y dirección.
Después dejaré la carta en recepción
para que la franqueen y la envíen.
Aunque, tal vez, al llegar al vestíbulo,
sentiré ese imán que siempre siento
cuando veo una puerta giratoria.

Pasaré de largo de la recepción
imantado por la puerta, la penetraré
y ella me expulsara hacia la calle,
una calle que llevo sin ver algunas horas.

No me gusta perderme las cosas de las calles 
por estar mucho tiempo acomodado
en las habitaciones de los hoteles.
Ni siquiera cuando estas son escenarios de amor.

Duermo poco, al menos de noche,
y aun sin despertar presiento
que me llaman las cosas de las calles.
Me llaman, verdaderamente.
Saldré pronto. Buscaré un buzón.
Haré una prueba. Echaré sin franquear la carta.
¿Me llegará?
Seguramente. El servicio de Correos es eficiente.
Una vez la reciba, ya en mi casa,
no sabré si la debo contestar
ni, de hacerlo, a dónde dirigir la respuesta.
Quizá si escribo al hotel dando el nombre del huésped, 
le hagan llegar mi carta. Ellos tendrán sus señas.
No obstante ¿qué voy a decirle?
Dentro del sobre solo hay una cuartilla en blanco.
Mi corresponsal se habrá callado por algo.
Quizá para hacerme pensar
o para hacerme saber que cuando uno anda de hoteles
con puertas giratorias que llevan a la calle
donde pueden verse tantas cosas
y acontecen tantos casos,
uno no debe quedarse en la habitación
escribiendo cartas prescindibles.

Igualmente, muchas gracias por tu envío,
amigo mío.
                                               Jordi Rueda

jueves, 28 de septiembre de 2017

La belleza cura

En el nido de la fantasía se encuentra la belleza. Buscarla calma el dolor. La emoción que produce su encuentro, aunque sea efímero, lo alivia y, a menudo, lo cura.


Jordi Rueda

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Las puertas de la fantasía

Para nuestro pensamiento, las mentiras son tan buenas como las verdades si nos hacen ver más allá. 

Ambas son provisionales. O nos empujan hacia puertas que ellas mismas abren, las de la fantasía y las ideas, o se desvanecen.


Jordi Rueda

martes, 26 de septiembre de 2017

Limpia desnudez

El otoño es buen tiempo para llorar.
Buen tiempo para dejar caer, como el árbol, las hojas ya secas que hemos lucido durante meses sin modestia alguna.
Esa desnudez nos anticipa el frío del invierno y nos ayuda a prevenirlo.
Limpia desnudez, merecedora de abrigo.

Jordi Rueda

lunes, 25 de septiembre de 2017

A veces la duda se equivoca

No te vayas a creer todo lo que estás pensando. Conviene atemperar la euforia de un pequeño hallazgo intelectual.
Naturalmente. Yo solo creo en aquello que me ayuda a identificar certezas invisibles, esas de las que voy a dudar una vez las haya comprendido.
Bien, es inteligente creer en la duda, pero tampoco creas del todo en la sabiduría a la que parece conducir, ni te acomodes en ella. La duda se equivoca tanto como la certeza. A veces conviene no dudar, aunque sea por un rato.
La verdad y la duda siempre son provisionales. 
¿Siempre? 
—Tal vez.

Jordi Rueda

miércoles, 20 de septiembre de 2017

¿Todos los caminos de la vida son de ida?

Si amargo hacemos el camino largo, 

más largo hacemos el camino amargo.

J.R.

Voy a salir y sé que no regresaré. Nadie vuelve nunca a su punto de partida. Mi rastro se borrará poco a poco y ya no encontraré el camino de vuelta. Tampoco nadie puede seguirme. Tal vez tú, que me gustas tanto, puedas acompañarme un trecho, solo un trecho, hasta que descubramos que el cuento de ir de la mano para siempre es eso, un cuento, solo un cuento. La vida obliga a cada uno a recorrer su propio camino. Hay una soledad inevitable en el viajero. Una soledad que es a la vez gozosa y triste, ilustrada e ignorante, perspicaz  y ofuscada, sabia y perpleja.

Un día, tu mano cálida se dará cuenta de que la mía está fría y no es capaz de recibir el calor de la tuya. O viceversa. Y es que avanzar juntos significa avanzar en paralelo… y los paralelos no se encuentran nunca

¿Volver? Imposible. Solo dando la vuelta al mundo podríamos llegar al punto en que partimos. Allí, tras miles de horas de marcha, celebraríamos una charla sobre las rutas seguidas, la tuya y la mía. Sería un buen momento de celebración, aunque estaríamos muy cansados, muy cansados, pero no tanto como para no tener fuerzas para afrontar sonrientes el último adiós.

Atrás no quedará nada de nosotros porque en el aire hay muchos pájaros y en la tierra, reptiles, hormigas o roedores dispuestos a comerse las migas que ingenuamente abandonaremos en el camino para dejar constancia de nuestro paso y, acaso, para tener un rastro que seguir para volver. Pero volver… volver es imposible.

Hoy, no obstante, podemos descansar juntos. Solo una noche, o solo mil noches. Una o mil noches que serán intensas porque ya sabemos que precederán a un adiós inevitable. Dame tu abrazo, recógete en mí. Deja que te ame como si no existieran los caminos. Yo haré que te sientas como si tampoco  existiera tu soledad. Necesito de la tibieza de tus labios, de tus manos, de tu cuerpo. La noche es fría; las noches son frías. Y el camino de mañana es largo, todos los días es muy largo.


                                                                                                                                          Jordi Rueda

lunes, 18 de septiembre de 2017

El tipo del espejo

En esta fosca habitación de hotel
hay un espejo colocado de tal modo
que parece verlo todo.
En cuanto me levanto de la cama
noto que hay alguien que se mueve en él 
y me mira cuando yo lo miro.
Siento pudor.
Me voy al baño y regreso 
con la cara lavada y perfectamente peinado:
ya soy capaz de mirar de frente al del espejo.
El muy impertinente se me parece,
pero es menos interesante que yo,
si bien en apostura me aventaja.
Parece, a ratos, 
uno de esos personajes medio fatuos
que van andando por ahí como
si estuvieran mirándose al espejo.

Bajo la vista y observo un viejo secreter de madera,
de esos que tienen una Biblia en el cajón
y una carpeta de pseudopiel encima,
con cuartillas en blanco con membrete,
el del hotel, en su interior.
Siempre tengo tentaciones de escribir
en una de esas cuartillas
que los hoteles dejan gentilmente 
a disposición del huésped.
A veces, incluso, me siento ante ellas,
pero entonces no se me ocurre nada.
El tipo del espejo observa mi cara de desencanto.

Descorreré las cortinas.
La luz exterior desafía y vence a la interior.
Tomo una botella de agua del frigorífico,
es de un famoso manantial escocés.
Ligera, fresca, transparente.
Un agua excelente, a buen seguro,
para echar un chorrito a un whisky añejo.
Bebo. La sed se desvanece. Siento placer.
El tipo del espejo me sonríe.

Me visto. La chaqueta me cae bien.
La calle me espera.
En el espejo veo una mirada de ilusión.
El curioso que me observa en ese vidrio
sabe que tengo todo el día por delante
en una ciudad que bulle vitalmente.

Por la noche, cuando vuelva,
me sentaré ante el secreter
y escribiré una carta,
tal vez a mi mismo,
relatando algún momento de la jornada,
quizá una pequeña experiencia inesperada. Quizá.

Hasta luego, espejo. Nos vemos por la noche.


sábado, 16 de septiembre de 2017

Todo es jazmín

Ha llovido. 

El aire sostiene un dulce aroma de flores mojadas.

En mi boca es como tus besos, húmedo. Cala y aviva los sentidos, relaja y anima a la vez.

Cierro los ojos y todo es jazmín. Todo.


Jordi Rueda

jueves, 14 de septiembre de 2017

La lluvia tiene colores

La imaginación es la mejor aliada de la percepción.

Las gotas de lluvia tienen colores. En ellas, o a través de ellas, vemos el arco iris y los rayos.

El agua incolora, inodora e insípida tiene sabores de minerales, aromas de tierra o de árboles y refleja todos los tonos del iris.

La realidad necesita de la fantasía para ser interpretada; para poder apreciar sus relieves, sus matices y su infinita profundidad.

El que al mirar solo ve lo que ve, ve menos de la mitad de lo que hay. Debemos recurrir siempre a nuestra propia fantasía para tener perspectiva y para aproximarnos al fondo de las cosas.

Llueve y hay miles de colores en cada gota de agua. 


Jordi Rueda

domingo, 10 de septiembre de 2017

Tiempo de tejer


Cambia el tiempo, avisa frío,
y es oportuno ponerse a tejer en este tiempo

Pronto me hará falta un jersey
como aquel de colores que me prometiste.

Sí, cuando me confiaste que te gustaba el punto.
Fue hace dos años, en invierno,
aquella mañana de tiritones
tras una noche de arrebatado amor;
de urgente comunicación carnal.

Entre sorbos de té, sentados a la mesa, desnudos,
compartiendo una manta vieja sobre los hombros
y un poco de pan duro y chocolate,
lo único que tenías en aquel cuarto
frente al mar.
Un cuarto
que alquilaste en verano
y que en el oscuro enero
con las ventanas cerradas
para salvaguardarnos
del salitre y la humedad,
era una celda triste

De niña tejía, imitaba a mi abuela.
Cuando termine mi proyecto académico
y tenga algo más de tiempo te haré un suéter de colores.

Nunca, desde entonces,
te he echado tanto de menos como en este cambio de tiempo.
Intuyo un invierno húmedo, gris.
Sin ti. Sin colores.
Desnudo sin ti.

Jordi Rueda

sábado, 2 de septiembre de 2017

El azar es sabio

Tahití. Café.
Gauguin. Colores.
No sé más de Tahití.
¿Qué sabes tú?
Poco, que está en el Pacífico,
que el clima es bueno,
que tiene visos de ser un paraíso,
que su nombre invita a soñar.
¿Vamos?
Vamos, sí quieres, pero separados.
Allí, 
con los ojos abiertos a la belleza,
 libres de recuerdos,
felices ante lo nuevo,
tal vez nos junte el azar
y descubramos
que el paraíso somos tú y yo 
 inesperadamente juntos,
como el día en que nos conocimos
en el Musée d’Orsay
y la venturosa realidad
empezó a parecernos tan hermosa
como nuestras fantasías.
 
 ¿Y si el azar no nos junta…?
Viviremos otras fascinantes aventuras.
El azar es sabio.


P.S.- Todas las imágenes que aparecen en este blog son originales salvo esta reproducción de la pintura de Paul Gauguin, ‘Arearea’ (1892), que se encuentra en el Musée d’Orsay, en París.