lunes, 22 de enero de 2018

Humo en la sala de espera del invierno

Yo también fumaba malsanos cigarrillos en un tiempo. Los cigarrillos entretenían mis dedos y el humo adornaba la oscura sala de espera del invierno.
No era inútil aquel humo..
El humo gris asciende y se vuelve claro, casi blanco,
hasta que se convierte en atmósfera o, quién sabe,
se vuelve invisible para atravesar el techo. 

sábado, 20 de enero de 2018

No os echaré de menos nunca más (versión corta)

Moriré y una vez muera todos dejaréis de existir para mí.
No os echaré de menos.
No sentiré que me hacéis falta.

Una vez muera, no echaré de menos la mano del amigo (que me hace saber que la mía debe estar siempre tendida por si alguien tiene fría la palma de la suya).
No echaré de menos la pasión de mi amante (que me obliga a ensayar tres días por semana, los días en que nos vemos, nuevas formas de placer).
No echaré de menos las barcas de colores de mis sueños (que zarpan vacías, sin velas ni motores, en busca de las nieblas del olvido).
No echaré en falta el simulado dulce amor de mi esposa (en el que a veces me recuesto y me parece amablemente acogedor y un poco hinchado, como sus tetas).
No echaré de menos al doctor Demúdez, ese que siempre me diagnostica una enfermedad inexistente (y me obliga a aprender algo más sobre mi cuerpo antes de ir a otro médico que acierte con mis males).
No echaré de menos a mi vecina de ojos penetrantes y cuerpo armonioso que luce con recato, como corresponde a una obrera de la investigación y el pensamiento (y que, no sé por qué, me transmite una cierta noción de inmortalidad cada vez que me mira).
No echaré de menos al socio leal (con el que aprendo que debo defender mi negocio para defender el de ambos).
No echaré de menos a ese fingido amigo que me acompaña a tomar café, o café y copa, para hacerme hablar y hablar y birlarme alguna idea (y al que me complazco en engañar con cuentos imposibles, de esos que se creen enseguida los avariciosos de ideas ajenas).
No echaré de menos el figón de mi barrio, que ahora proyecta reconvertirse en expendeduría de paellas y mazacotes de carne picada (en el que aún soy feliz algunos mediodías con sus variedades de verduras hervidas y su bacalao frito, aunque siempre me queje de los excesos de sal).
No echaré de menos a mi abogado (hombre de elegantes y pausados modos, con el que pego la hebra alguna tarde cuando tengo un asunto que me lleva a visitarle en su despacho).
No echaré de menos la actitud provocativa de la esposa del señor Tomé, el vecino del cuarto (que desde que sé que le confesó su cuñada que en la infancia jugó conmigo a descifrarse, despierta mi lubricidad cada vez que coincidimos en el ascensor).
No echaré de menos esos días de vagancia que necesito de vez en cuando para recuperar el buen ritmo de mis actividades productivas.
No echaré de menos los cantos de sirenas que tantas veces han estado a punto de hacerme su cautivo (sin lograrlo, que yo sepa).
No echaré de menos a Ulises ni al Caballo de Troya, ni Los remeros del Volga ni a los vaporetti de Venecia, ni a la historia mítica de Grecia o de Roma, ni a Zeus, ni a Afrodita, ni a Tales de Mileto ni a Solón de Atenas, ni a Epicuro, ni a la Venus del Louvre, ni a Dyonisos del vino, ni a Oshún de los ríos ni a Yemayá de los mares.
No echaré de menos las artes oscuras del misterio (que pretenden manejar los petulantes profesionales de la credulidad; esos que recetan dietas y confesiones o te ponen las manos encima para curarte de males que no tienes).
No echaré de menos las luces de los puertos a lo lejos ni a las jacarandosas artesanas de la vanidad (que tanto animan la vista si son vistas con un poco de distancia).
No echaré de menos los falsos espejismos (los que se convirtieron en oasis ubérrimos y donde, a menudo, hay fiestas animadas por magníficas orquestas).

Son tantas y tantas y tantas las cosas que no echaré de menos, que económicamente no hay duda: morir será un activo en un pasivo. Además, yo que siempre he querido ser imperturbable (para contrariar al sentimental que llevo dentro) y alcanzar estados de ataraxia duraderos, debería felicitarme de inmediato por mi muerte.

Pero cuando me veo en la mirada llena de intemporalidad de mi vecina de ojos penetrantes y cuerpo bienoliente, armónico y rotundo, me siento muy lejos de donde estoy ahora (el pub irlandés que hay a una discreta distancia de nuestros domicilios y en el que charlamos cada día un rato cuando ella vuelve del laboratorio).
Me veo a mi mismo a través de sus ojos, instalado en un recodo de un futuro indefinido y sugestivo (yo, el que decía que no existe otro futuro que el que se convierte en presente) y vuelvo a percibir que la inmortalidad es posible.
Ella trabaja en un proyecto que investiga sobre la traslación de la consciencia humana a máquinas inasequibles a la muerte y estamos valorando la posibilidad de ofrecernos como voluntarios para estrenar las primeras que estén listas.
Tenemos, desde luego, dudas razonables y ya hemos descartado estar juntos en el mismo armazón. Así, uno podrá defender al otro en caso de ataques de mortales envidiosos.
Viviremos sin cuerpo y eso facilita algunas cosas, pero hay otras difíciles de digerir para nosotros. Quizá no soñaremos y no experimentaremos placeres sensuales que no precisaremos (por ello será bueno tener buena memoria de los instantes buenos, como el del primer beso que nos dimos, ahora que tan solo hace unos días del suceso).
Tendremos que prever lo que supone convertirse de mortales en eternos.
Al presente, con solo abrazarnos entendemos lo que puede ser vivir donde no existe el tiempo y que nuestra comunión trasciende de los cuerpos.
Ya no cabe preguntarse cuánto puede durar eso. Hay que experimentarlo, hay que gozarlo como si fuéramos a morir antes de que nuestras máquinas de la inmortalidad estén a punto.
Sintiendo el fuego de este amor sabremos lo que es ser inmortal a ciencia cierta.
Y a casi todos los demás antes citados, en todo caso, les seguiré echando alguna vez de menos y estaré de ellos tan cercano y tan lejano como siempre he estado. Disculpen que les haya metido en este ensayo.



martes, 16 de enero de 2018

Ícaros

Con alas construidas con el mismo material que la pasión

quieren volar por encima del mundo y del dolor
y despegan en sueños compartidos hacia el sol.

Son portadores del sabor de las cerezas.
Llevan pinceles mojados en el corazón de una sandía
para teñir el cielo de nuevas armonías

Visten trajes color carne de melocotón
y se aprestan para próximas proezas
que nacen de su luz y su ilusión.

Son ícaros valientes y prudentes
que quieren alcanzar las nubes sin acercarse al sol.
No es de cera su delirio
¿o tal vez sí?

Llueve. Vuelan.
Las nubes son oscuras.
La tierra tiembla, abajo.
Caen.
Todo es un torbellino de polvo de carbón.
¡Hemos de remontar!
¡Subiremos!
La tierra se ha desmembrado, es una ruina.
¡Tenemos que subir, salvarnos!
¿Para qué?
La tierra parece haberse destruido…
¿Para qué vamos a pintar su cielo con colores nuevos?
¡Dejémoslo azul…!
¿Y de qué vale el cielo, azul o con colores, si no hay un mar que lo refleje?
Hay más planetas
Pero sin vida.
No la hay ahora… pero tal vez un día…
Ya no hay días, ni tiempo, ni espacio, ni colores.
Ya no hay nada más que una espesura de pavesas.
Un silencio gris que rompe los oídos con mentiras.
Como hacían en la tierra las palabras de los que se habían adueñado de las cosas.
Tal vez nos conviene despertar
y volver al pasado a combatirles.
Nosotros, con nuestros colores y nuestros sueños,
inventaremos mentiras verdaderas que les matarán de vergüenza.
Ah, si la tuvieran…
Levantaremos muros de amor para encerrarles.
Se asfixiarán de perplejidad.
Los oídos y las fosas nasales se les llenarán de moscas.
Cavarán pozos en busca de escaleras enterradas que les permitan asomarse al mundo,
a nuestro mundo de sueños invisibles a sus ojos,
a nuestros sueños de colores.
No resistirán.
Nosotros tampoco.
¿Quién sabe?
Lo bello no muere nunca. Tiene una esencia inmortal.
Volvamos.
Probemos.
Seamos.
Pintemos.
Vamos.

sábado, 6 de enero de 2018

La imposible mujer de mis soñeras

Ayer vi mis ojos mirándote en tu noche
y también me vi a mi mismo en tu soñera.
Observé después que, ya dormida,
tu pecho palpitaba 
sospechando, quizá, 
que te acechaba.

Te miré desde los ojos del tigre
y vi tu miedo. Estaba demasiado cerca.
Me aleje para no perturbarte.

Tus párpados temblaban.
Me convertí en jilguero
y entre mis gorjeos te apaciguaste,
aunque aún algún anhelo te impulsaba
a buscar un lugar, tu lugar,
en otro espacio.

Te hiciste golondrina y en la altura
exhibiste un distinguido y veloz vuelo,
indiferente al halcón que te miraba
con mis ojos cazadores y celosos,

Siempre quisiste volar con elegancia
y el placer de ser dueña del cielo,
la más ágil y bella de las aves,
pudo más que la prudencia necesaria
para sobrevivir a las ávidas miradas.

Qué bella fuiste, qué bella,
hasta que te rodearon mil rapaces
envidiosas,
que trataban de opacar tu vuelo.

Huyendo de aquella claustrofobia,
de las aves zafias que te circundaban,
despertaste temblando
y al ver mis ojos, ya piadosos,
me abrazaste.
Comprobé entonces que tu cuerpo estaba vacío.
Todo cuanto esperaba sentir y ver de ti
se había quedado en el aire de tus vuelos.

Cerré mis ojos de tigre, de halcón y de jilguero,
me entregué a mi propio ensueño,
y abracé tu cuerpo como si fuera otro,
como si fueras otra,
como si fueras ¡por fin!
la imposible mujer de mis soñeras.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Recogido en el silencio de la noche

Recogido en el silencio de la noche
pienso en ti
y quisiera dedicarte una canción
pero no lo haré

No debemos romper el silencio de la noche
pues sin él
quizá no pensaría en ti como te pienso
y al llegar el momento
de escribirte la canción
y de cantarla
mi voz y mi palabra
no serían diáfanas y exactas

Quiero respetar el silencio de la noche
para verte más clara
dibujada en la luz de las palabras
que nacen de mi noche silenciosa

Recogido en el silencio de la noche
pienso en ti
en ti que eres mi luz y mi palabra
en ti que iluminas mis recuerdos y mis sueños
en ti que solo existes en la noche silenciosa

No debemos romper el silencio de la noche
pues sin él
no existirías.

Recogido en el silencio de la noche
pienso en ti
en tu luz y en mis palabras

Recogido en el silencio de la noche
pienso en ti
en ti que eres mi luz y mi palabra
en ti que iluminas mis recuerdos y mis sueños
en ti que solo existes en la noche silenciosa.

Jordi Rueda

sábado, 23 de diciembre de 2017

A veces desamar es un presagio

A veces no conviene amar ni ser amado,
cuando amas imposibles,
o te aman quienes tratan
de hacer de ti lo que no eres
sin dar respiro ni a tu orgullo.

Otras veces conviene desamar lo amado,
cuando ya has entregado tus enigmas,
o nada nuevo hallas
en quien crees que aún amas.

Entonces, esas veces,  convendrá
dejar que desfallezcan los afectos,
sin batallas ni rencores,
si es posible.

Siempre duele un desamor,
se dice,
pero siempre o casi siempre
te llevará de vuelta a tu persona.

Entonces, solo entonces,
podrás amar de nuevo.

Desamar es un presagio,
muchas veces,
de otro amor,
un amor que nacerá,
si nace,
de tu limpia y avivada libertad.





viernes, 22 de diciembre de 2017

Ella leía

Ella leía
movía los labios
la fantasía agitaba su interior. 
Un mohín...
qué inquietos, qué lindos labios.
Si yo fuera parte de sus fantasías, l
a besaría.