miércoles, 18 de marzo de 2020

Lección de elegancia femenina

Vamos a cenar, hoy invito yo, dijiste. Adiviné enseguida que esa cena sería la última. Lucías, una vez más, tu manera elegante de resolver las situaciones. 
Con habilidad, elegiste un restaurante que nos gustaba a los dos. Cercano y discreto, acogedor, original, cómodo. Cocina y vinos suizos. Queso fundido. Jugamos con la fondue, reímos. Derrochamos buenas maneras, aunque también nos dimos un beso de queso: mordisqueando el mismo pedazo de pan envuelto en queso fundido, uno por cada lado, nuestros labios se encontraron. Repetimos el beso, sin pan. Después, café y eau-de-vie. 
Al salir preferiste caminar un poco, charlando. Pasamos de largo ante mi casa. No hicimos ademán de entrar. Llegamos a la tuya, y comentaste: Mamá está conmigo estos días
Un abrazo cálido, un beso casi largo. AdiósHasta siempre.
Esa noche me legaste el recuerdo imborrable de tu estilo exquisito. Incluso para convertir a un amante en un amigo. Un amigo al que no volverías a ver para evitar que se convirtiera, otra vez, en amante.
Comprendí, asimismo, que una mujer apasionada debe tomar decisiones dolorosamente prudentes. A mí también me dolió, quizá tanto como a ti, pero me llevé, bien aprendida, una valiosa lección de elegancia femenina.

No hay comentarios:

Publicar un comentario