Lucías, una vez más, tu elegancia. Con habilidad, elegiste un restaurante que nos gustaba a los dos. Cercano y discreto, acogedor, original, cómodo. Cocina y vinos suizos. Queso fundido. Jugamos con la fondue, reímos. Derrochamos buenas maneras, aunque también nos dimos un beso de queso: mordisqueando el mismo pedazo de pan envuelto en queso fundido, uno por cada lado, nuestros labios se encontraron. Repetimos el beso, sin pan. Después, café y eau-de-vie.
Al salir preferiste caminar un poco, charlando. Pasamos de largo ante mi puerta. No hicimos ademán de entrar. Llegamos a la tuya, y dijiste: Mamá está casa estos días.
Un abrazo, un beso casi largo. Adiós. Hasta siempre.
Esa noche me legaste el recuerdo imborrable de tu estilo exquisito. Incluso para convertir a un amante en un amigo. Un amigo al que no volverías a ver para evitar que se convirtiera, otra vez, en amante.
Comprendí, también, que una mujer apasionada debe tomar decisiones dolorosamente prudentes. A mí también me dolió.
Un abrazo, un beso casi largo. Adiós. Hasta siempre.
Esa noche me legaste el recuerdo imborrable de tu estilo exquisito. Incluso para convertir a un amante en un amigo. Un amigo al que no volverías a ver para evitar que se convirtiera, otra vez, en amante.
Comprendí, también, que una mujer apasionada debe tomar decisiones dolorosamente prudentes. A mí también me dolió.
No hay comentarios:
Publicar un comentario