viernes, 21 de julio de 2017

El odio, ese alivio pasajero del fracaso

El odio es un sucedáneo del amor. Los que odian suelen ser fracasados en su acercamiento afectivo a otras personas.
No comprenden cómo ellos, que fueron tan majos y bienintencionados, no recibieron respuesta a sus afectos.
Cuando estos desengañados del amor y la amistad encuentran causas sociales o políticas que permiten el encono con hipotéticos adversarios, sienten una gran satisfacción en adscribirse a aquellas que cuadran un poco con su vida. Odiar, entonces, se convierte en un acto de apariencia justificada y no en una expresión de su triste impotencia.
Insultar, escupir… sea a quien sea o a lo que sea. Derrumbar. Nunca tender la mano. Nunca crear nada.
Ah, pero también a veces sublimas el odio y lo disfrutas como una emoción realmente satisfactoria: cuando ves abatido al odiado y crees que tú, triunfador, ya no eres prisionero de tu falta de empatía, cuando te parece que puedes, por fin, ser querido y que hay personas que sienten algo por ti más allá del respeto o del temor que les infundes. Pero lo malo, lo peor, llegará cuando te des cuenta de que tú, tú, tú no les puedes amar.
El precio a pagar por el triunfo de tu odio será que volverás a sentir la frustración afectiva, pero ya no en la respuesta de los demás, sino en ti mismo, en tus desconsolados adentros. Como aquel día terrible en que comprendiste que tu madre no te amaba porque tú no eras capaz de amarla.
El día en que supiste que serías para siempre, hasta el día de tu muerte, un fracasado. 

Jordi Rueda  (22 de julio de 2017)

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