domingo, 20 de noviembre de 2016

La única duda que no tengo

Cuando la verdad te decepciona,
cosa esta que acontece con frecuencia,
asoma divertida la mentira
que asalta fácilmente tu conciencia.

Tomarla y recrearla siempre excita.
La puedes vestir o desvestir
tal como quieras
o dejarla con déshabillé,
bien atractiva.

Pero si te entusiasmas
y te acuestas con ella
buscando amor y fama,
lo más fácil es que caigas de la cama.
Y el suelo casi siempre es duro.

La duda en cambio es una gran señora
que te envuelve en la sensualidad del gris
con elegancia
y te despierta siempre delicadas fantasías.
Yo amo a la duda.

La duda es fiel a tu cabeza.
Desnuda tus verdades
y envuelve a las mentiras en sofismas
para hacerlas algo más encantadoras,
excitando sin cesar el pensamiento.

Nunca te caes.
Con la duda siempre flotas.
Es generosa en proponer paseos
y si te lleva al huerto
es que trata de mostrarte 
las aristas cortantes de lo cierto.

Amo a la duda.
Siento por ella un amor que me enamora.
Si la deseo, suaviza los hervores de mi mente
Es capaz de prender la luz tras un mal sueño
o de abrigarme cuando siento frío intenso.

La duda me entusiasma y me relaja.
Me pone en el camino de ser dueño
de todo cuanto pienso.
La duda nunca falla.

Yo sé que mi amor por ella es interesado,
pero ella y yo somos leales compañeros.
Incluso cuando estoy enamorado 
de muy obvias verdades
o de esbeltas mentiras seductoras,
ella está también conmigo
y yo cuento con ella 
en esos líos
de duplas y de tríos.

Amo a la duda,
esa es la única duda que no tengo.



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